La percepción global de la IA: entre el escepticismo de los países desarrollados y el optimismo emergente
El último informe de Stanford HAI (Human-Centered Artificial Intelligence) refleja un contraste muy marcado en cómo distintos países perciben el impacto de la inteligencia artificial en el trabajo y la productividad.
Cuando se pregunta por la capacidad de la IA para mejorar la productividad individual, existe un consenso casi universal. En la mayoría de los países, la percepción es positiva: la IA permite hacer más en menos tiempo, automatiza tareas rutinarias y libera recursos para actividades de mayor valor. La idea de la IA como herramienta para la eficiencia personal está ampliamente aceptada.Sin embargo, cuando la conversación se traslada al mercado laboral en su conjunto, las respuestas se dividen. En Europa, Japón, Estados Unidos y otros países desarrollados predomina la cautela. La IA es vista como un factor que puede mejorar la productividad, sí, pero con el riesgo de sustituir empleos más rápido de lo que puede crearlos. La experiencia acumulada con otras olas de automatización pesa en la memoria colectiva y genera una visión más defensiva.
En cambio, en países emergentes como China, Perú, Indonesia, México o Sudáfrica la percepción es muy distinta. Allí se confía en que la inteligencia artificial no solo aumentará la eficiencia individual, sino que también abrirá nuevas oportunidades en el mercado de trabajo. La IA se interpreta como un trampolín para acelerar el desarrollo, formalizar sectores informales y acercar estas economías a un nivel de competitividad global más alto.
Las razones de esta diferencia son múltiples. Los mercados laborales maduros, más regulados y con menor crecimiento demográfico, priorizan la estabilidad y la protección frente al cambio. Las economías emergentes, en cambio, con poblaciones más jóvenes y una necesidad mayor de transformación, ven en la IA una oportunidad para saltarse etapas y avanzar más rápido. También influye la narrativa: mientras en Occidente el debate público sobre la IA gira en torno a riesgos, regulación y ética, en muchas regiones emergentes el discurso está orientado hacia la innovación y el crecimiento.
El estudio de Stanford HAI pone de manifiesto que la inteligencia artificial no tendrá un impacto homogéneo en todo el mundo. Será determinante no solo la tecnología en sí, sino también cómo cada región decida interpretarla, regularla y adoptarla. Y ahí radica una de las claves de los próximos años: transformar la productividad que ya genera la IA en crecimiento sostenible y creación de empleo real.